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viernes, 1 de agosto de 2008
martes, 24 de julio de 2007
Bost-post
Güeenas y santas!
Omitiré el relato de lo que aconteció la noche del viernes, dia del amigo (o del codornizamiento, como han dado en llamar por ahí), principalmente porque cuando me enrecuerdo de todo ello también me enrecuerdo que pagamos $62 pesos cada uno (cifra verídica) por la cena, que igual valió la pena.
En su lugar he decidido, en mi ocnipotencia que ocnubila, octar por seguir los pasos cacónidos del comandante Amperio y del tío Michoto, y también yo sumarme al mundo del posteo excretor, o bosteo. Entonces, he aquí la primer historia sobre caca y bonomía, sobre soreteo y candidez, sobre fruta e intestinos.
Esta historia transcurre en el buen año de 2003, en la casa de una señorita.
Resulta que esta señorita y sus padres se fueron por una semana de viaje, y no tuvieron mejor idea que dejar a cargo de su casa, una hermosa quinta, al novio de la niña, un amigo mío cuya identidad reservaré llamándolo por un nombre cualquiera, digamos, Francisco Julián Granados.
Habiendo cuidado como se debe de la casa durante toda la semana, Francisco Julián Granados decidió festejar algo, quizá sus grandes dotes de casero/sereno/cuidador, dando una gran fiesta para nosotros, los más íntimos; mas exactamente los veinticinco más intimos. El día era peligroso, el sábado (los dueños de casa volvían el domingo por la tarde). Nos dejó mil recomendaciones: había que limpiar y ordenar todo para que ni se note la fiesta. Siempre fuimos expertos en ocultar a ojos no entrenados delirios de día previo, así que todo estaba perfecto. Y se hizo la fiesta.
Todo transcurría fantásticamente pues el cuadrilátero partusero estaba completo, siendo sus vértices chupi, morfi, música y putas. Y ocurrió lo inevitable, el descontrol, la debacle del raciocinio. Fiel a su historial, Francisco Julián Granados fué el primero en caer presa del alcohol y la locura loca loca, y luego seguimos casi todos. Recuerdo un perro, quizás dos. Recuerdo también señoritas malpagas pero contentas que se retiraban caminando torcido, mitad por el alcohol y mitad por el orteo. Y recuerdo a Francisco Julián Granados bailando en pelotas sobre la hermosísima mesa del comedor; hasta el momento en que, al grito de " Me cago, me cago!" enfiló hacia la cocina.
Se hizo la mañana, nosotros nos encargamos de poner en pie a los caídos en combate, limpiar todo tal como nos había sido encargado, y partir dejando al efímero casero durmiendo en su cama. El desenlace de esta historia es harto dramático, si se tiene en cuenta que el que nos lo relató fue el mismo Francisco Julián Granados, unos días después.
La novia del amigo en cuestión regresó junto con los dueños de casa, a eso de las 6 de la tarde. Traían no se qué para picar, y entre charla y charla morfaron cosas que habían también traido de su viaje, no recuerdo si alguna vez supe este detalle. Lo estupendo, lo que realmente nos hizo estallar de risa cuando lo oímos, fue que al momento del postre la señora suegra abrió la heladera y puso sobre la mesa, casi reflejamente, la frutera.
Allí, sobre unas peras, algunas bananas y unas uvas, descansaba un sorete del tamaño de Oklahoma, que había sido gestado la noche anterior por el mismo Francisco Julián Granados.
El nunca volvió a la casa. Pucha, hacían linda pareja.
Atte;
Socho.
Omitiré el relato de lo que aconteció la noche del viernes, dia del amigo (o del codornizamiento, como han dado en llamar por ahí), principalmente porque cuando me enrecuerdo de todo ello también me enrecuerdo que pagamos $62 pesos cada uno (cifra verídica) por la cena, que igual valió la pena.
En su lugar he decidido, en mi ocnipotencia que ocnubila, octar por seguir los pasos cacónidos del comandante Amperio y del tío Michoto, y también yo sumarme al mundo del posteo excretor, o bosteo. Entonces, he aquí la primer historia sobre caca y bonomía, sobre soreteo y candidez, sobre fruta e intestinos.
Esta historia transcurre en el buen año de 2003, en la casa de una señorita.
Resulta que esta señorita y sus padres se fueron por una semana de viaje, y no tuvieron mejor idea que dejar a cargo de su casa, una hermosa quinta, al novio de la niña, un amigo mío cuya identidad reservaré llamándolo por un nombre cualquiera, digamos, Francisco Julián Granados.
Habiendo cuidado como se debe de la casa durante toda la semana, Francisco Julián Granados decidió festejar algo, quizá sus grandes dotes de casero/sereno/cuidador, dando una gran fiesta para nosotros, los más íntimos; mas exactamente los veinticinco más intimos. El día era peligroso, el sábado (los dueños de casa volvían el domingo por la tarde). Nos dejó mil recomendaciones: había que limpiar y ordenar todo para que ni se note la fiesta. Siempre fuimos expertos en ocultar a ojos no entrenados delirios de día previo, así que todo estaba perfecto. Y se hizo la fiesta.
Todo transcurría fantásticamente pues el cuadrilátero partusero estaba completo, siendo sus vértices chupi, morfi, música y putas. Y ocurrió lo inevitable, el descontrol, la debacle del raciocinio. Fiel a su historial, Francisco Julián Granados fué el primero en caer presa del alcohol y la locura loca loca, y luego seguimos casi todos. Recuerdo un perro, quizás dos. Recuerdo también señoritas malpagas pero contentas que se retiraban caminando torcido, mitad por el alcohol y mitad por el orteo. Y recuerdo a Francisco Julián Granados bailando en pelotas sobre la hermosísima mesa del comedor; hasta el momento en que, al grito de " Me cago, me cago!" enfiló hacia la cocina.
Se hizo la mañana, nosotros nos encargamos de poner en pie a los caídos en combate, limpiar todo tal como nos había sido encargado, y partir dejando al efímero casero durmiendo en su cama. El desenlace de esta historia es harto dramático, si se tiene en cuenta que el que nos lo relató fue el mismo Francisco Julián Granados, unos días después.
La novia del amigo en cuestión regresó junto con los dueños de casa, a eso de las 6 de la tarde. Traían no se qué para picar, y entre charla y charla morfaron cosas que habían también traido de su viaje, no recuerdo si alguna vez supe este detalle. Lo estupendo, lo que realmente nos hizo estallar de risa cuando lo oímos, fue que al momento del postre la señora suegra abrió la heladera y puso sobre la mesa, casi reflejamente, la frutera.
Allí, sobre unas peras, algunas bananas y unas uvas, descansaba un sorete del tamaño de Oklahoma, que había sido gestado la noche anterior por el mismo Francisco Julián Granados.
El nunca volvió a la casa. Pucha, hacían linda pareja.
Atte;
Socho.
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