Y viene primero el cagazo compartido, pero se va rápido cuando se comprende ante qué se está. Entonces se planea mas o menos la cosa, que esto hay que hacerlo así, que haría falta aquello, que pin que pan.
Y cuando está todo mínimamente trazado, cuando hay un plano mas o menos transitable que seguir, entonces se puede estar un poquito mas tranquilo. Es allí cuando uno cae, porque hasta ese entonces no había tomado conciencia, no real, no del todo. Y (esto es lo peor), por mas que uno trate de no no no al final inevitablemente aparecen las ilusiones. Serán pequeñas, grandes, azules, rosaditas o verde agua pero son ilusiones ciertas y verdaderas. Y claro, esa manía que tienen las ilusiones de llenarnos de felicidad, de hacernos olvidar que toda felicidad es efímera, que nada perdura, que nada se extiende mas allá de unos pocos instantes de esos que a veces se llaman minutos y a veces años. Uno se olvida de que la felicidad siempre sigue caminando, y al olvidarse uno siempre se para a verla, y en cuanto se descuida otra vez la tiene a kilómetros, adelante y fuera de alcance.
Y uno está parado mirando esa felicidad que va pasando al lado, en plena cosa de manito risita y rostros brillantes sin motivo aparente, cuando de un decimoquinto piso le cae un pequinés justito justito arriba en el medio al paqueteese con moñito de ilusiones marca ACME que uno lleva en su carretilla, y atrás del pequinés vienen una maceta, un loro, una tortuga, una vieja, granizo y un fitito colorado.
Y por el golpe ese inesperado que le vino sin avisar del decimoquinto piso, el paquete de ilusiones se despedaza, todo se desvanece y uno se la tiene que aguantar; consuela y se consuela diciendo y diciéndose que no era, que por un lado mejor, que así es menos quilombo, y mientras uno consuela y se consuela diciendo y diciéndose, uno se pregunta si de verdad piensa eso que dice, si de verdad es consuelo pensar de forma tan tan ruin y baja. Aunque uno concluye que lo que uno dice no siempre es lo que uno piensa y que a veces uno necesita repetir y repetirse ciertas cosas para al menos intentar o fingir creérselas y poder aliviar tristeza, también se da cuenta de que no funciona.
Como consecuencia inmediata, uno se enoja con el pequinés, con el loro, la maceta, la tortuga, el granizo, la vieja y el fitito, pero mas se enoja con uno mismo por ilusionarse. Es este enojo el que a uno lo carcome, es la puteada al aire y el puño en la pared y el grito silencioso de impotencia en esa soledad acompañada que parece una contradicción absurda pero es exactamente lo que uno y otro necesitan.
Ya pasará, todo pasa. Absolutamente todo. Lo bueno y lo malo, y lo que ni fu ni fa. Eso lo sé.
Pero igual estoy muy muy triste. Y muy, muy enojado.
Y sobre todo, muy, muy roto.


