Sólo una cosicta:
Mirando por la ventana de la cocina, que da al fondo de casa, acabo de ver a Doggini arrancar una mandarina de la planta, pelarla y comersela. Y eso que morfa como un condenado.
Ese perro jamás dejará de sorprenderme.
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domingo, 17 de junio de 2007
viernes, 11 de mayo de 2007
Jumpin' Doggers
Un perro del rock (con musica de can-can[?])
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Doggini,
el perro de Perón,
mi perro
jueves, 22 de febrero de 2007
Este es un perro peronista y afinado
-Jai, jaguar shu-
Una pequeña historia rial sobre las capacidades para asombrar de mi perro Doggie.
Ayer por la tarde mi hermano salió al patio a buscar no se qué. Escuchó, de repente, un zumbido como de abejorro que le sonó muy cercano. Luego de una breve inspección visual y al no encontrar el origen, decidió que debía haber sido una alucinación auditiva, seguramente producto de los raros hongos de pino que trajo de Saint Louis.
Intenta entonces proseguir con su propósito, pero lo detiene el mismo ruido, más fuerte esta vez. Mira, mira y vuelve a mirar, pero sólo está el perro allí, mirándolo con cara de bonachón.
(Foto: Doggie/Signore Doggini/Mr. Doggers/B.V. Doggerik/H. Doggenstein/Sir H. Doggensworth/Monsieur Doggiene/Don Doggo de la Vega/ etc.)
Mi hermano mira al perro y, por esas místicas razones que nos hacen intentar la comunicación verbal con un perro, le dice: "Qué te pasa, Mr. Doggers" (sí, mi perro tiene varios nombres).
El perro, lejos de contestar, seguía mirándolo con ojos vivarachos, como diciendo "guau, fiera". Y aquí viene el punto en que casi quedo hijo único: del perro, del mismísimo Hans Doggenstein que permanecía inmóvil sin dejar de mirar a Nahuel, salió un sonido de ultratumba y/o ultratundra, parecido al de un niño llorando o sollozando, un "uá, uá, uá, uaaaaaaaaá".
Mi hermano trataba de dar crédito a sus oídos y al mismo tiempo buscaba visualmente alguna fuente de aquel sonido que fuera un poco más lógica y explicable que el improbable llanto/canto del canino, Barón Von Doggerik (sí, también tiene un título de nobleza). Y otra vez: "uá, uá, uá, uá, uá, uaaaaaaaaaaaá".
A punto de desmayarse por lo imposible/bizarro de la situación, el futuro turista con quien tengo alelos en común retrocedió un paso. El Signore Doggini, extrañado, se recostó, lo miró una vez más, y llevó el hocico al piso.
Al abrir sus carnívoras fauces, Sir Herbert Doggensworth (también es caballero de una corte cánida) dejó salir una chicharra, aún viva. Si, una chicharra, de esas que anuncian la calor.
Y se fué, como si nada hubiese pasado, a tomar sol al fondo.
Puta, que buen perro que tengo.
Atte.
El Gordo.
Una pequeña historia rial sobre las capacidades para asombrar de mi perro Doggie.
Ayer por la tarde mi hermano salió al patio a buscar no se qué. Escuchó, de repente, un zumbido como de abejorro que le sonó muy cercano. Luego de una breve inspección visual y al no encontrar el origen, decidió que debía haber sido una alucinación auditiva, seguramente producto de los raros hongos de pino que trajo de Saint Louis.
Intenta entonces proseguir con su propósito, pero lo detiene el mismo ruido, más fuerte esta vez. Mira, mira y vuelve a mirar, pero sólo está el perro allí, mirándolo con cara de bonachón.
(Foto: Doggie/Signore Doggini/Mr. Doggers/B.V. Doggerik/H. Doggenstein/Sir H. Doggensworth/Monsieur Doggiene/Don Doggo de la Vega/ etc.)Mi hermano mira al perro y, por esas místicas razones que nos hacen intentar la comunicación verbal con un perro, le dice: "Qué te pasa, Mr. Doggers" (sí, mi perro tiene varios nombres).
El perro, lejos de contestar, seguía mirándolo con ojos vivarachos, como diciendo "guau, fiera". Y aquí viene el punto en que casi quedo hijo único: del perro, del mismísimo Hans Doggenstein que permanecía inmóvil sin dejar de mirar a Nahuel, salió un sonido de ultratumba y/o ultratundra, parecido al de un niño llorando o sollozando, un "uá, uá, uá, uaaaaaaaaá".
Mi hermano trataba de dar crédito a sus oídos y al mismo tiempo buscaba visualmente alguna fuente de aquel sonido que fuera un poco más lógica y explicable que el improbable llanto/canto del canino, Barón Von Doggerik (sí, también tiene un título de nobleza). Y otra vez: "uá, uá, uá, uá, uá, uaaaaaaaaaaaá".
A punto de desmayarse por lo imposible/bizarro de la situación, el futuro turista con quien tengo alelos en común retrocedió un paso. El Signore Doggini, extrañado, se recostó, lo miró una vez más, y llevó el hocico al piso.
Al abrir sus carnívoras fauces, Sir Herbert Doggensworth (también es caballero de una corte cánida) dejó salir una chicharra, aún viva. Si, una chicharra, de esas que anuncian la calor.
Y se fué, como si nada hubiese pasado, a tomar sol al fondo.
Puta, que buen perro que tengo.
Atte.
El Gordo.
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